Santiago Porter o la poética del silencio
Mucho ha dicho ya el arte argentino sobre la identidad nacional. La Historia, entendida como revisión del pasado ha dado sustrato a artistas de diferentes generaciones para reflexionar acerca de las heridas del siglo XX. Y vaya que nuestra Historia tiene huecos, borrones de linealidad, causas y efectos que tantas veces han concluído en verdaderos círculos viciosos, una especie de eterno retorno (por diestra y siniestra) al derramamiento de sangre.
La serie "Bruma" presentada por Santiago Porter en Zabaleta LAB es menos el corolario que un posludio al "El matadero" del egipcio Sameer Makarius, que se desapega de todo lo inesencial de lo retratado para construir su relato, convirtiendo a la ausencia en su sello característico; herramienta de precisión con la que trasciende la representación para ubicarse en la esfera de la presentación. De manera quirúrgica, Porter se mete en las entrañas de de la Historia despojandola de pasiones para mostrar lo que la subyace: las historias. Es aquí donde esa ausencia potencia el relato, donde lo constituye abiertamente y a su través el artista se pregunta y nos pregunta qué es de ese relato, cómo nos modela inconscientemente y qué hay de estas ausencias en nuestra propia existencia. Este parece ser el leit motiv de Bruma y de la serie que la genera, aquella donde los frentes de algunos históricos y enigmáticos edificios públicos revelaban que escondían otras historias, como la de las marcas de la intolerancia en aquel Ministerio de Economía.
En la serie que se expone hasta el 22 de Octubre en la planta baja de Zavaleta Lab (Venezuela 567 - San Telmo) podemos ver este relato despojado del horror que lo generó, rescatando el pasado de manera ejemplar -en palabras de Tzvetan Todorov- sin someter el presente al culto a la memora por la memoria misma sino mas bien invitándonos a reflexionar sobre la relación de hechos del pasado con la brusquedad de los que los dejaron truncos. Tal es el caso de la Evita mutilada, que no habla solo de la historia de aquel escultor italiano a quien Perón encargó el mausoleo donde descansarían los restos mortales de su esposa y quien se vio invadido en su taller por los operarios del régimen impuesto para decapitar la imagen inconclusa de la ya convertida en ícono y luego arrojarla al fondo del Riachuelo, donde descansaría por varios decenios hasta que por algún dato apócrifo fue rescatada hace algunos pocos años y seria emplazada definitivamente en la famosa e infame "Quinta de San Vicente". Quien hubiera podido captar la imagen de esa Eva surgiendo de las profundidades envuelta en lodo y ahora si, mas inmortal que nunca. Pero a Porter le interesa la construcción del relato mas que éste en si mismo, la dualidad imagen y significado, la ilusoriedad de las formas de lo que vemos y lo que se esconde detrás de la percepción. Ahí esta la potencia de su imagen, en lo oculto, en eso que también fue esencial para Alejandra Pizarnik, quien haría de la palabra una excusa para el silencio. En la mayoría de las obras presentadas por Porter en esta ocasión el silencio es testigo de lo que interrumpió el devenir de esas historias y construyo otras en la lente del artista porteño. Tal es el caso de la obra que nos recibe en la galería, un tramo inconcluso de una autopista que bien podría ser la 25 de Mayo o la que vemos entrando a la sala, a nuestra izquierda y enfrentada a la Evita: el retrato del frente de lo que hubiera sido una universidad (La de Tucumán si mi memoria no es esquiva) si el devenir histórico-político no hubiera dado al artista la sustancia para su obra. Una fotografía de una solidez fulminante que nos deja ver el esqueleto arquitectónico en clave metafórica: una especie de andamiaje de la construcción identitaria nacional que se erige ya simbólicamente con la potencia del monumento, no de los hombres, sino de la humanidad. Rescatándolo del olvido con esa característica que les propia a la fotografía: el valerse selectivamente de la realidad de los objetos en su plena realidad, pudiendo resaltar aquello que el fotógrafo ve pero sin poder desentenderse fenomenológicamente de la realidad del objeto fotografiado.
Hay algo especialmente particular en la obra de Porter y es la capacidad para remover el horror sin mostrarlo a la vez que conserva -de manera tácita- todo lo que estas imágenes, convertidas en símbolos ya, representan. Clarísimo es el ejemplo de su "Paredón de fusilamiento" donde una imagen sencillamente bellísima, dotada de un ritmo de formas que rompen de alguna manera la frontalidad de la toma y nos hacen recorrerla lentamente, descubriendo al fin lo que esos ritmos señalan pero a la vez esconden, haciendo sonar nuevamente los fusiles que realmente pintaron esas paredes, truncando historias que el artista extrae de la muerte revitalizándolas. Santiago Porter se vale en esta ocasión tanto del peso especifico de lo retratado como de su capacidad para descontextualizarlo, utilizarlo también como forma plástica no ya relativa al pasado, sino apegada a las búsquedas de hoy día, en un lenguaje que logra aprovechar y combinar la simbología de los objetos y su valor estético determinando una metáfora despojada de los lugares comunes a los que fácilmente se cae a la hora de ver retrospectivamente hechos que han marcado a fuego las conciencias. Y es acaso que Porter va mas allá de la Historia e ingresa en el terreno de lo Universal ya que sus imágenes bien podrían ser leídas en cualquiera de las latitudes sin perder ni un gramo de su coherencia.
Cierran esta muestra dos obras (también en gran formato) que, si bien -casi- carecen de los símbolos construidos por el hombre, se impone en ellas la naturaleza con sus matices; una bruma que se posa en el paisaje a modo de filtro para dejar entrever una vía férrea quizás abandonada donde habrán ocurrido otras tantas historias (posiblemente más felices que las que se esconden detrás de los edificios), tantos tiempos. Otros relatos que tarde o temprano la lente de Santiago Porter desocultará.
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